lunes, 2 de septiembre de 2013

Hay situaciones a lo largo de la vida que nos impacta de forma especial, situaciones que nos marca y que recordamos a lo largo de los años, a veces de forma agradable, otras de forma más traumática....  pero al final se queda ahí, en ese recóndito lugar donde van los recuerdos que intentamos olvidar.

En esta ocasión, de entre todas esas situaciones que me han dejado huella, relataré una, no por ser la más impactante, sino porque de vez en cuando me llega como flash sacudiéndome una vez más el corazón...

Es especialmente dura, pero sacó de mi ese coraje que desconocía que tuviera. Fue en una época difícil, llena de primeras veces, llena lágrimas, rencores y preguntas sin respuestas. Me tocó tomar decisiones por las que hubiera dado media vida por no tomar. Conocí el sabor de ser dura e implacable, de esconder mi vulnerabilidad tras una fachada de frialdad fingida, pero necesaria.

Todo este preámbulo es para dar una idea de mi estado anímico en esa situación en particular...

Había tenido una semana de locura infinita, con mis dos hijos tomé el avión del aeropuerto de Gran Canaria con destino a Alicante, pero tenía que cambiar de avión en Madrid, nos tocaba esperar una hora para poder coger el siguiente vuelo con el destino final. Apenas sin dormir, cansada, con las emociones paralizadas, después del desgaste de adrenalina que tuve días atrás y hasta el momento de iniciar el vuelo, dejando la isla para siempre. Estaba en la sala de espera de Barajas, mis hijos derrotados dormitaban en los asientos. Yo de pie, inquieta, paseándome sin dejar de echar ojeadas a mis vástagos. Mirando el reloj, observando la gente transitar y de repente, el corazón se me puso a mil...

Comencé a sudar, a sentir que me faltaba el aire, que me flaqueaban las piernas. Tomé asiento, apartada de los niños, no quería despertarlos y que me vieran así. No sabía que me estaba pasando, lo achaqué al cansancio, al estrés. Intentaba llenar de aire mis pulmones, de tranquilizar y de pronto lo supe... sufría un golpe de terror, estaba aterrorizada. De pronto sentí un miedo atroz que me mordía las entrañas. El frío me abrazó dolorosamente y una silenciosa lágrima recorrió mi pálida mejilla hasta caer en mis brazos cruzados bajo el pecho. Doblé mi cuerpo hacia adelante, abrazándome, consolándome, dándome ánimos para ahuyentar este miedo que repentinamente llegó para matarme.

Súbitamente sentí el mayor de los miedos al darme cuenta, como si acabara de despertar de un largo letargo, de lo que había hecho, de lo que se me avecinaba. Había roto con una vida establecida, no la mejor, pero con cierta seguridad, con dosis de confianza, lo había roto por empezar una nueva. Cerré puertas conocidas para abrir otras sin saber a lo que me iba a enfrentar. Iniciaba un largo y desconocido camino y lo peor era que estaba en tal punto que era imposible coger las maletas e iniciar el regreso, ya no podía volver sobre mis pasos y desandar lo andado hasta ese momento. Tenía cerrada cualquier opción de volver para atrás, no me quedaba otra que vestirme de valor y continuar y eso, ese continuar sin remedio, de pronto me aterró. De pronto fui consciente de la gran locura que había hecho y arrastrar a dos criaturas a esta incierta aventura de empezar de cero en tierra extraña, sin presente ni futuro que pudiera prever.

Por primera vez en mi vida conocí el amargo sabor del miedo, por unos instantes sentí que había cometido un gran error, quizás el más grande de mi vida y eso me estaba matando por segundos. Miraba a mis hijos y no podía creer que les hiciera esto. Estábamos los tres solos en el aeropuerto, que era como estar en medio de ninguna parte y me atemoricé y me invadieron las ganas de llorar, y de gritar, y de pedir ayuda..... y sin más todo desapareció...

El miedo, el terror, desapareció como la neblina del mar al salir el sol, cuando sin saber cómo, ni de qué manera, comprendí que al no haber vuelta atrás no tenía sentido dejarme llevar por el pánico, que como dice el dicho: "A lo hecho, pecho" y saqué pecho, me compuse las vestiduras, cosí sus jirones con firme decisión y me dije: "Adelante, cómete los miedos que toda una nueva vida te espera, una vida que tú moldearás siendo dueña y libre de tomar las decisiones que mejor te convengan". Eso hice, di una patada a los recelos, escupí los malos pensamientos y borré de mi mente la palabra "Error". Conocí el mayor de los miedos y aún con el cuerpo tembloroso decidí enfrentarme a ellos con soberbia, orgullo, valentía y mucho tesón. Dejaba a mis espaldas una vida, pero iba en pos de otra que con empeño y la sabiduría del pasado sin duda iba a ser una mejor.

Si, hay situaciones en la vida que te impactan de forma especial.....

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