viernes, 25 de octubre de 2013

SE FUE EL TREN


Le dejé ir y me llamaron loca por dejar escapar ese tren. Lo vi pasar sin inmutarme, sabiendo que era lo mejor, que aún debía pasar tiempo en el andén, que no era el momento.  Se fue sin querer, obligado, ofreciéndome un millar de motivos para no dejarle ir. Me prometió todo un mundo perfecto, me sedujo con palabras suaves como pétalos en miel. Ven conmigo, me pidió y yo no quise ir. No quise coger ese tren, intuía que llevaba el vagón equivocado, que mi equipaje se perdería como se pierden los recuerdos en la memoria, que sus promesas se evaporarían como el humo, temí dar un paso en falso, y retrocedí.  Su adiós fue tan afilado como el silbato de una locomotora, me atravesó el corazón, me rompió la calma. Más irguiéndome en toda mi dignidad, hice caso omiso a voces susurrantes que me conminaban a no dejar escapar ese tren que se suponía el adecuado. No flaquee luchando en un mar de indecisiones, cavilando si apostaba por la decisión correcta o cometía un terrible error. Con el billete en mano, el alma sobrecogida, rasgué mis vestiduras y las lancé al aire envueltas en un suspiro de dolorosa determinación. Saqué un pañuelo blanco y secándome las lágrimas de alivio consumado lo dejé escapar, en mi fuero interno no dudaba que otro tren pararía en el andén. Y ese, sólo ese sería mi tren.

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