martes, 21 de enero de 2014

HUBO UN INSTANTE

Y hubo un instante
en el que por un momento pensé
que ya nadie sería capaz
de escribir poemas de amor,
que ya nadie tendría la necesidad
de recitar versos bajo
la pálida luz de la Luna.

Sentí que,
quizás,
las musas inspiradoras
quedarían exiliadas en el olvido,
relegándolas al fondo del corazón
para que no se pudiera percibir
ningún atisbo de ternura.

Temí por un instante
no volver a escuchar
dulces melodías
cuyas letras narrarían
lo hermoso que puede ser
llegar a enamorarse.

No pude evitar
que mis ojos se cuajaran de lágrimas
al imaginar la muerte de los poetas
o la incapacidad de crear nuevos versos
que detallaran armoniosamente
todos y cada uno de los sentimientos
de los que estamos hechos.

Y en ese angustioso instante,
en el cual creí
que todo andaba perdido,
apareciste tú.
Con tus silencios,
con tus suaves movimientos,
con tu serena forma de estar,
me demostraste que la poesía
jamás podrá morir.

Me enseñaste sin palabras
que los versos,
las más bellas rimas,
sólo hay que buscarlas
con el corazón en la mano
y contemplando nuestro entorno,
aceptar tanto lo bueno
como lo malo
que la vida, en su sabiduría,
nos lega.

Y hubo un instante,
al comprenderlo todo,
que sentándome sobre la arena de la playa
y oliendo a mar,
empecé a crear mi propia poseía.















No hay comentarios:

Publicar un comentario